Destino compartido

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Destino compartido

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Al menos en occidente durante 25 años fue aparentemente aceptado de manera universal que todos los seres humanos, por el motivo de serlo, tenían derechos garantizados bajo la idea de que en esencia todos somos iguales. Sabemos que en las sociedades que aceptaban esa premisa, nunca se logró garantizar de manera real dichos derechos para todos. En mayor o menor medida prevaleció la desigualdad dejando amplios sectores en una supervivencia precaria, sin acceso efectivo (y por igual) a la salud, a la educación, al desarrollo, a la justicia… ni siquiera a una vivienda digna o a la garantía de alimentos. Y los márgenes de libertad siempre dependieron de la situación socioeconómica. No obstante, la premisa de los derechos humanos, aunque fuera como horizonte, era aceptada de manera generalizada. Al menos aparentemente. Pues en el corazón de las sociedades se mantuvo intacta, soterrada, la creencia no confesada de que unos humanos tienen más derechos que otros: por su educación, por su nivel económico, por su color de piel, por la cultura donde crecieron. Incluso por sus méritos o los de sus padres. Y de pronto esa tendencia hizo erupción convirtiéndose en nuevo catecismo de algunos sectores a través de los países, que no sólo promueven muros que dividen, sino una abierta segregación y un rechazo declarado a los que son distintos. Igual que en la década de 1930 y antes. En México, aunque no siempre es aceptado, nuestras sociedades se han mantenido con esas barreras discriminantes. El rechazo (yo diría: la abierta discriminación) por situación socioeconómica o cultural. Como varios países en uno. Y sin embargo las tragedias de septiembre de 2017 borraron todas las distinciones y diferencias. Por unos cuantos días las clases sociales dejaron de importar, las diferencias de origen y educación no fueron impedimento para sumarse a la cadena humana que retiraba escombros, o acudir a los albergues a aportar a veces sólo tiempo. Por algunos días, el dolor de los otros nos volvió generosos, como si en el fondo supiéramos que aquellos que necesitaban, bien podíamos haber sido cada uno de nosotros. Pero es nuestro planeta entero el que se está sacudiendo con el resurgimiento de las tendencias nativistas y discriminatorias. Como si olvidáramos la manera en que estamos imbricados, en que codependemos en todo momento, desde antes de nacer hasta después de morir, de muchos otros. Y que por ello nuestro destino no es sólo nuestro. Es por eso que nuestra convocatoria de cortometraje temático “Eso que nos Une” tiene en 2018 el tema Destino Compartido. Porque más allá de las diferencias, cada uno es posible, viable, gracias a los otros.